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"APRENDÍ AJEDREZ MIRANDO"

. Por Julio Alberto Rivera Vidaure

Corría el año en que cumplí los 15 y el destino me llevó a la Escuela de Artesanos Navales de Talcahuano (EAN), una institución que hoy ya no existe, pero que guardo intacta en mi memoria. Recuerdo perfectamente el pasillo principal: un suelo de madera que crujía bajo los pasos y paredes adornadas con trofeos que custodiaban las salas de clase.


Registro Histórico — Año 1967
La ceremonia en donde el SubOficial Chávez hace entrega del arma en la Escuela de Artesanos Navales. Lo que comenzó en esos pasillos de Talcahuano, se convirtió en una pasión que me ha acompañado por casi 60 años aquí, en el Estrecho de Magallanes.

Mirando el juego de ajedrez por primera vez

En los ratos de descanso, mi atención siempre se desviaba hacia una esquina de ese pasillo, cerca de la puerta de entrada. Allí se formaba un pequeño círculo de aprendices alrededor de una única mesa. Se jugaba a algo que yo no conocía, con figuras extrañas y movimientos que me parecían un misterio.

Como solo había una mesa, el privilegio de sentarse era exclusivo para los que ya sabían "el arte". Fui muchas veces, simplemente a mirar, hipnotizado por el silencio y la concentración. Seguramente mi curiosidad fue evidente, porque un día, el "capo" del grupo me invitó a jugar.

Acepté con el corazón acelerado. De pronto, me vi sentado frente al tablero, con una multitud de compañeros observando. La partida se extendió mucho más de lo esperado; yo me resistía a caer. En medio de la tensión, apareció el Cabo Vergara, quien sentenció con autoridad: "Si no das mate en 50 jugadas, es tablas".

Yo solo conservaba mi Rey, intentando escapar del asedio de su Alfil y su Caballo. El tiempo corrió, las jugadas pasaron y aquel experto no logró darme el mate. La partida terminó en tablas.

Fue mi bautismo de fuego. Eso sí... después de aquel día, el "capo" nunca más volvió a invitarme a jugar. Quizás no esperaba que aquel muchacho curioso supiera defenderse con tanta tenacidad.


Orgullo de Aprendiz
Para que no quede duda de aquel año 1967, aquí comparto el diploma de fin de curso. Tenía 15 años y recibía con orgullo el Primer Lugar en Castellano en la EAN, entre más de 200 aprendices.
Desde ese pasillo de madera en Talcahuano hasta el día de hoy, el ajedrez no ha dejado de ser mi gran pasión.

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